martes, 27 de diciembre de 2011

Pesadillas recurrentes infantiles

Sopla aire que me enfría los pies. Me giro en la cama y ella no está. Me he desarropado no sé desde cuándo. Abro los ojos más y no se ve nada. No recuerdo muy bien dónde estoy, tampoco sé muy bien quién soy, sólo sé que estoy solo en la cama.
Sopla aire que me enfría los pies. Me incorporo en la cama y ella no está. Creo que ella estaba conmigo antes, tal vez lo he soñado, no lo sé con seguridad.
La llamo fuerte, me siento inseguro, no sé dónde puede estar la luz de este tugurio.
Llamo y llamo y mi voz no se oye, de entre todos los sonidos del mundo el mío se esconde.
Quiero gritar, mis pies se hielan, esta manta es muy rara no hay forma de abrigarme con ella.
Sin más, floto por encima del lecho, no puedo saber cómo lo he hecho.
La oscuridad no es tan grande como hace un momento, los objetos están flotando y yo entre ellos.
El silencio es total, sordo me siento, no sé a que se debe tan raro momento.
Sin sonido ninguno no soy yo el que vuela, me siento manejado como una marioneta.
El miedo me puede, no consigo dominar nada de lo que ocurre en este asunto fatal.
De vuelta en la cama, de la pared asoma una cabeza horrible que como loca llora.
Me giro en la cama y no quiero mirar, del techo me gritan voces sin parar.
Abro los ojos veo mi habitación, con temor y bajito llamo a mi madre: ven, por favor.
Mi madre acude, ya todo ha pasado, de nuevo he tenido mi sueño atormentado.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Hombres de velcro

  En una tierra más remota que el más remoto de los países más lejanos, hace muchísimo tiempo, cuando las estrellas de los cielos aún no se habían asentado en el firmamento y la tierra era tan nueva y violenta como el nacimiento de las supernovas, andaban por el mundo los hombres de velcro.

  Los hombres de velcro siempre querían ser más gordos y más grandes que los demás para poder quedarse con retales de todo por lo que pasaban. Retales de sitios, retales de cosas, retales, retales y retales que dejaban de prenderse si no volvían a engordar y a generar nuevas superficies en sus gordos cuerpos para acumular más y más retales. Idearon la forma de ser cada vez más gordos a base de tragarse todo lo que encontraban. Empezaban por cosas pequeñas, como piedras o árboles,  pero finalmente, acababan tragando cosas enormes con sus enormes bocas negras: montañas, ríos, mares, bosques o desiertos.

  En algunas ocasiones, los hombres de velcro se lo habían tragado todo y eran tan inmensos que no cabían en el lugar en el que estaban. En esas ocasiones, los hombres de velcro decidían tragarse unos a otros. Se dieron cuenta de que era una forma sencilla de aumentar más rápidamente su tamaño y de dominar completamente una zona de la tierra, puesto que las montañas, los bosques o los ríos que se habían comido tardaban mucho en volver a surgir, y ellos tenían que seguir agigantándose y agigantándose para prender más retales en sus duros y curvados pelos.

  Cuando un grupo de hombres de velcro se había tragado a otro grupo, se organizaban para intentar que no se los tragara a ellos otro grupo de otro lugar. A veces, podían defenderse durante algún tiempo, pero al final no venía nadie y los hombres empezaban a perder sus retales y a adelgazar y se miraban con desconfianza y ya no disfrutaban de su interesada camaradería. Y poco a poco iban desapareciendo, mientras otros engordaban extrañamente en un entorno en el que no había nada que tragar. Y de forma imparable, se tragaban unos a otros en una traición constante, hasta que sólo quedaba un grupo muy pequeño y debilitado de hombres de velcro.

  Finalmente eran tan pocos en el mundo, tan débiles y tan pequeños que la tierra volvía a surgir de sí misma una vez más y con sus movimientos internos generaba montañas que retenían los gases emitidos por los recientes volcanes. Y los gases se condensaban y llovían sobre las tierras vírgenes unas aguas nuevas que, arrastrándose por los valles, se iban a acumular en las llanuras de lo que en ese momento iba a ser un fondo marino. Y desde allí, por efecto del calor, las aguas se evaporaban y volvían al cielo vacío y, en su viaje, el agua dejaba de ser ácida y generaba vida en la tierra yerma al volver a llover. Y surgían los animales y las plantas, los bosques y las costas y todo volvía a ser de nuevo un vergel, donde los hombres de velcro luchaban por tener más tamaño y más retales de las cosas del mundo en su pelo y se tragaban para ello todo lo que había y a todos los hombres a los que pudieran tragar. Y así ocurrió durante millones y millones de giros alrededor del sol.

  Llegó un tiempo, cuando las estrellas parecieron estar quietas en el firmamento, en que la tierra se calmó. Los hombres de velcro seguían sobre la faz de la tierra, enganchando todo a su paso y tragando para agigantarse. Todo se mantenía según su curso normal establecido durante eones. Eso creían ellos.

  Súbitamente en algún valle, en algún bosque, en alguna montaña aparecieron hombres de velcro nuevos. Se entremezclaron con los demás. Se frotaban con las cosas para dejar retales en sus pelos tiesos, pero no engordaban nunca. Los viejos hombres de velcro no sabían que creer. Desconfiaron de ellos y no les quisieron admitir en sus banquetes de árboles, ríos y montañas. Y no fueron invitados a las guerras para tragar a otros hombres de velcro. Tampoco pensaron en tragárselos, puesto que eran muy pequeños y no podrían engordarse mucho con semejantes bocados. Los nuevos hombres de velcro fueron olvidados por los viejos hombres de velcro.

  En las postrimerías de aquella lejana era, un hombre de velcro, absolutamente solo e inmenso como nunca se vió otro, divisó a lo lejos todo un sistema de montañas. Miró alrededor y todo estaba tragado hasta el límite del magma del planeta. Era el último de los suyos y quiso acudir allí para seguir agigantándose tragando aquellas montañas y todo lo que en ellas habitara. Con paso lento y balanceante se fue aproximando. Llevaba en su interior todo lo tragable de la tierra, incluidos todos los hombres de velcro que habían existido, todos los montes, todas las aguas, todos los aires, todas las arenas excepto aquel trozo de mundo que verdeaba delante de él.

  Al pisar la verde hierba una turba de seres se le echaron encima, miles de manos le arrancaron a gran velocidad todos los retales acumulados y vertiginosamente el gigante se fue achicando y achicando más y más a medida que perdía retales. Nunca antes en la existencia de los hombres de velcro algo así había pasado. Nunca habían sido atacados de forma tan fulminante y certera. El gigante no supo qué hacer, no pudo reaccionar y sólo pudo verse achicar y achicar hasta que todo se le volvió oscuridad.

Continuará...

jueves, 3 de noviembre de 2011

A petición de...

Y como árbol añoso te ves azotado por el aire fresco de la juventud.

sábado, 22 de octubre de 2011

Yo sin ETA

Las ocho de la tarde del día veinte de octubre. Miro las últimas noticias en internet y me salta a los ojos un titular acompañado de la foto de tres encapuchados: "ETA declara el fin definitivo de la lucha armada". En ese momento mi mente se divide en dos y sigo haciendo cosas como pinchar la noticia para leer más, correr a decírselo a Noemí y hablar con ella esperanzado. Pero a la vez, ese titular me ha arrancado de mi presente y se me presentan los "¡¡hijos de puta, hijos de puta!!" de unos ciudadanos en el puente de Vallecas que gritan al aire entre los restos de una explosión. Y un autobús destrozado en la plaza de la Replública Argentina con jóvenes guardias civiles, por donde tantas veces he pasado luego para ir a la calle Vitruvio. Y los cuerpos mutilados de Irene Villa y su madre a los pies del coche con el que iban al colegio. Y la cara de alucinada incredulidad ante la multitud vitoreante de Ortega Lara, gafas de pasta, barba larga y cuerpo consumido. Y me he visto gritar con miles de personas para que por favor, por favor no maten a Miguel Ángel Blanco. Y ponerme de rodillas con las manos blancas en la nuca porque habían matado a Tomás y Valiente y ese día se suspendieron las clases en mi universidad. Y una bicicleta bomba en López de Hoyos a quinientos metros de donde vivía la que ahora es mi mujer. Y el aparcamiento de la T4 por los aires junto con nuestras esperanzas una vez más. Y tantas fotos de etarras y tantas declaraciones políticas y tantas familias llorando sus muertos.

Tengo treinta y seis años y mi mujer me abraza porque ve mi piel de gallina y mis ojos brillantes. Adivina como nadie que algo más pasa por mi cabeza aparte de la propia noticia. Y tiene razón como casi siempre, porque los recuerdos me traen con ellos aquellos sentimientos de impotencia e incredulidad ante las barbaridades.

Aún recuerdo cuando mis familiares de Francia me preguntaron una vez: "¿pero los de ETA qué quieren en realidad?" y con mis veinte años de experiencia en muertos y atentados de entonces no supe que contestarles. ¿Qué piden estos con extrosión, tiros, secuestros y bombas? Cercenando así la normalidad a toda una sociedad y sobre todo a la gente en el País Vasco. "No lo sé, sólo son unos asesinos" contesté a mis familiares franceses allá en Noisy-le-Grand.

Soy madrileño y he vivido con miedo a morir o a que maten a cualquier amigo o conocido. Ahora me parece mentira que mis hijos crezcan sin estos recuerdos que yo tengo de atentados y secuestros, de coches bomba y manifestaciones de rabia contenida. Sin temor.

ETA ocupa un buen trozo de mí mismo y ahora mi yo sin ETA será un yo mucho más feliz, sin duda.

viernes, 19 de agosto de 2011

Lacerta schreiberi

 Hoy hemos andado por la ruta de las Fuentes de Noceda del Bierzo. Hemos visto este lagarto verdinegro o lagarto das silvas. Os he puesto unos enlaces para que veais que hemos tenido suerte. Son lagartos escasos y, he de decir, de gran belleza.
Lástima no tener una cámara mejor, pero he hecho lo que he podido.


 http://www.asturnatura.com/especie/lacerta-schreiberi.html

 http://es.wikipedia.org/wiki/Lacerta_schreiberi

domingo, 14 de agosto de 2011

El precipicio

El estómago encogido. Sabes lo que has de hacer, pero cualquier fallo lo puede fastidiar. Mejor no mirar a nadie. Todos están nerviosos. Una palabra, una frase de ánimo, una confesión trémula entre dientes.
El cuerpo me pide acción, no soporto la espera. Hay que hacerlo de una vez y hacerlo me mata de miedo. Encima estoy sonriendo. No pasa nada, todo va bien; digo a todo el mundo. Ay, qué pequeño me parece mi estómago y se me olvida respirar. Toma aire muchachito que te vas a desmayar.
Ya está, no hay marcha atrás, el telón se abre y debemos actuar.

jueves, 30 de junio de 2011

Loa a los interinos de la enseñanza

A vosotros, sí, y a vosotras. A todos y a todas os dedico esta loa:
Pues no se puede decir de otra forma, loadas seáis allá donde vayáis.
Más respeto deberíase tener con estas trabajadoras que año tras año recorren centros distantes y se dejan en cada uno de ellos la piel, el corazón y la energía.
Llegáis en septiembre, jóvenes o mayores, recién llegadas o con más espolones que un gallo viejo, y lo dais todo hasta junio. Programación de las áreas,  reuniones en ciclos, claustros, atención a padres y madres, lucha con los niños, apoyos a compañeros, colaboración en los festejos, actos y proyectos del centro.
Lo dais todo y no será por el sueldo, las condiciones o la seguridad en el puesto.
Lo das todo y puede que mañana no vuelvas o que el verano te lo sisen o que se decida que no es necesaria tu vuelta. Y tragas con todo y tiras para adelante y lloras tu marcha y maldices tu suerte.
Pero en septiembre llegarás a otro centro y lo volverás a hacer todo otra vez. Y allí te dejarás de nuevo la piel, el corazón y la energía. Porque no sabes hacer otra cosa, porque este trabajo no lo entiendes sin tu compromiso total y absoluto.
Tú interina, tú interino, tantas veces denostada, tantas veces ignorado, os digo una sola palabra: gracias.
Qué duro es trabajar de interino en la enseñanza.
Qué difícil se hace veros marchar cada último día de junio.

jueves, 10 de marzo de 2011

Nadie nace sabiendo.

Entre las jaras pegajosas corretea un pequeño ser. La mata se remueve y tiembla espasmódicamente surgiendo rápida de nuevo la pequeña niña de barriga prominente y sonrisa luminosa.
Detrás aparece un niño, algo más mayor, con la lengua fuera y cara de pillo, que interpreta su papel de monstruo comeniñas gateando solemnemente. Ruge y cabecea mientras la niña grita alocada huyendo a ratos del monstruo y parando luego a mirar que no se vaya y la deje sin diversión.
Finalmente el monstruo alarga las garras gordezuelas y atrapa el cuerpito. Carcajada incontrolable, cae en el regazo del niño que, raudo, le descubre la barriga para hacerle pedorretas retumbantes que hacen chillar a la víctima ya entregada y debilitada de tanto reir.
El monstruo cansado y satisfecho mira a los padres y sonríe alegre de haber aprendido a jugar con esa pequeña a la que pronto llamará hermana.

viernes, 21 de enero de 2011

Que nadie duerma (Nessun dorma de Puccini)


"Nessun dorma" es un aria del acto final de la ópera Turandot, de Giacomo Puccini (1858-1924). Se traduce del italiano como "Nadie duerma".
Ambientada en la China milenaria, la ópera narra la historia de la cruel princesa Turandot que, en venganza a una antepasada mancillada, decapita a sus pretendientes si no le responden tres adivinanzas. Un príncipe ignoto (Calaf) se postula respondiéndole los tres enigmas y desafiándola a que sea ella la que averigüe su nombre. Turandot ordena que nadie duerma en Pekín hasta que se sepa el nombre del atrevido pretendiente.